Tinença de Benifassà

Hola, hoy quiero contaros el fin de semana que he pasado en el parque natural de la Tinença de Benifassà. Este paraje natural se encuentra al norte de Castellón, en el límite de la Comunidad Valenciana con Cataluña. Grandísimas montañas, pueblos en las alturas, caminos forestales, bosques espesos y un amplio pantano lo forman y crean uno de los lugares menos alterados por la mano del hombre de la CV.

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Las vistas panorámicas que más me han cautivado desde que empecé

Allí fuimos el viernes muy por la mañana. Una casa rural en mitad de Ballester nos esperaba. Dos ancianitos son los dueños, que nos dan las llaves y la bienvenida con pastas típicas del pueblo. Un comienzo inmejorable. Una vez juntos, eso es: juntos. Así empezamos y acabamos los veranos. Un poco más unidos cada vez. Amigos de toda la vida. El Jardin de Peter sería nuestra primera parada. No sé como describirlo. Es una parcela en mitad de la montaña donde un clarísimo hermitaño vive y se dedica a crear construcciones que inevitablemente te recuerdan a Gaudí.

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Se puede entrar en muchas de ellas. Como muchas personas, monstruos por fuera y jardines por dentro. Estuvimos hablando un rato con Peter. Tendría unos 60 años y llevaba 20 construyendo su jardín personal. La visita cuesta 2,5 euros. Recomendable.

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Con el corazón lleno de magia y el estómago hasta arriba nos fuimos al Pantano de Ulldecona. Artificial y playa improvisada para los visitantes. Es la segunda vez que paso por este lugar. Lo único que cambia es la estación.

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Un baño en unas aguas que con los reflejos del sol adquieren un color de otro mundo. Pasar tiempo de calidad con personas que te hagan sentir bien; ese es mi consejo.

Había planeado prácticamente todo el viaje, rutas, sitios, etc. El siguiente punto era la visita al pueblo de Bel. Un pueblo a 960 metros de altura lleno de historias y con muy poca gente. Desde aquí teníamos planeado ir a la Pena de Bel (1.015 metros). Una montaña con un increíble cortado y unas vistas que quitan el hipo. Íbamos a ir todos pero ya era tarde y las chicas decidieron bajarse del plan. Los 4 que quedamos no nos lo pensamos y empezamos la rutita de 2,5 km hacía el monumento de Bel. Varías equivocaciones hicieron que la luna nos pillase desprevenidos y la vuelta al pueblo estuvo acompañada de las estrellas y nada más.
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El color rojo del atardecer a esas alturas te hacen preguntarte si necesitas algo más para sentir tanta tranquilidad. La vuelta fue bastante divertida. Entre acojonados por la oscuridad y partiéndonos de la risa por la situación. Es cierto que quizá fuimos un poco irresponsables pero las vistas y el hecho de llegar ya elimina cualquier imprudencia.

A la vuelta en coche vimos tres jabalíes, una garduña, ciervos… Todo un paraíso de fauna.

El día siguiente estaría ocupado en su totalidad por una ruta de 11 km en la parte norte del parque. Una ruta de dificultad media que al final sería dificultad infierno. Empezamos con dos opiniones diferentes: unos queríamos la alternativa larga y otros la corta. Nos dejamos llevar y cuando llegamos al desvío ganó la larga.

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El portell de l’infern sería el primer punto de la ruta. Es un camino que rodea las montañas dejando las vistas más alucinantes que he podido disfrutar. La inmensidad de no poder ver todo el paisaje al mismo tiempo. Esa sensación no tiene nombre. Nos subimos a una roca que sobresalía del camino. Una vez arriba dejé la mente en blanco y en seguida un pensamiento lleno mi cabeza. Mi ángel, y lo que me iba a costar no poder contarle toda la excursión como lo solía hacer.

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Continuaríamos andando, algo cansados, pero sin rendirnos. La siguiente parada sería el Salt de Robert: una cascada de las que tienes que levantar el cuello para verla entera. Antes pasamos por bosques inmensos de pinos, encinas, orones y mil especies más. Destacamos que las Erica multiflora ya habían florecido y adornaban los caminos con su blanco rosado.

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Erica multiflora

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Después de andar 5 horas llegamos al Salt de Robert, que como nos temíamos, estaba un poco seco y solo eran gotas lo que caía. Nos refrescamos debajo y continuamos por lo que sería el trozo más duro de la ruta. Casi dos horas de subida continua. Un show. Pero juntos conseguimos llegar hasta el final, sentarnos en la terraza de un bar y brindar juntos el éxito.

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Llegar a casa con tus amigos, hacer la cena, beber, escuchar música y simplemente vivir. Son cosas que cuestan muy poco y te llenan muchísimo. Un final de verano inmejorable. Tres meses de alegrías y penas. Tres meses que acaban aparcando el coche en el parking del campus.

Ahora toca centrarse en el último curso. ¡Espero veros pronto en Ese sitio del bosque!

Si queréis saber algo sobre el sitio, la ruta, la casa donde nos hospedamos (10 euros la noche), preguntadme en Facebook o en el correo que sale a la derecha de la página.

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